Vista desde Francia, la etiqueta de evangélica basta para identificar a Sarah Palin, compañera de fórmula del candidato republicano John McCain. En Estados Unidos, antes de que el embarazo de su hija de 17 años y de otros asuntos relativos a su gestión del estado de Alaska las relegaran a segundo plano, las interrogaciones que primero se planteaban eran respecto de su afiliación religiosa. En efecto, el protestantismo evangélico ha dado nacimiento desde hace cuatro siglos a una multitud de denominaciones y corrientes, de las cuales la más reciente, el pentecostalismo -- surgido a principios del siglo XX de movimientos de "despertar" -- forma por sí mismo un vasto conjunto hetertóclito. ¿A qué iglesia pertenece Sarah Palin?
En un primer tiempo, señala National Catholic Reporter en su edición del 30 de agosto, Sarah Palin fue presentada como pentecostalista. Después, uno de sus voceros precisó que "si bien creció en las asambleas de Dios, la denominación pentecostalista más grande del mundo con cerca de 57 millones de fieles, ella misma no se considera pentecostalista". En Wasilla, ciudad de Alaska de la que fuera alcaldesa hasta 2002, ella frecuentaba una iglesia sin etiquetas, la Iglesia en la Piedra. Pero "ella también va a otras iglesias" precisó el mismo vocero. En pocas palabras, concluye National Catholic Report, "la confusión inicial acerca de la identidad confesional de Sarah Palin tiene una explicación muy simple: ella no profesa ninguna".
La candidata republicana a la vicepresidencia es parte de los evangélicos "postconfesionales", como también se les llama en Estados Unidos a los carismáticos. ¿Qué diferencia hay? En primer lugar, una concepción particular de las relaciones entre individuos e instituciones. A nombre de un credo más individualista que en el pentecostalismo clásico, los carismáticos desconfían de la autoridad institucional y se niegan a restringir su experiencia religiosa a los cuatro muros de una iglesia.
Desde ese punto de vista, ellos se acercan a la derecha libertaria, que defiende la autonomía individual y local contra la intrusión del estado; eso se demuestra en la simpatía mostrada por Sarah Palin y su esposo hacia el Partido Independentista de Alaska, formación creada en los años setenta a fin de "obtener la independencia de Alaska y establecer un gobierno mínimo, responsable ante los ciudadanos".
Según un sondeo realizado en 2006 por el Centro de investigaciones Pew de Washington, D.C., sólo 50% de los carismáticos consideran que "en todos los dominios existen principios claros para distinguir el bien del mal", mientras que esta noción tiene el apoyo del 84% de los pentecostalistas. Estas cifras no deben inducir al error: como anticonformistas, los carismáticos creen más en el "espíritu" que en la letra (mientras que los fundamentalistas revindican la interpretación literal de la Biblia). Están más inclinados a relativizar las derivas individuales, siendo lo esencial conservar puro el corazón y mantener su "relación personal con Dios".
Pero también son más radicales que la mayoría de los evangélicos. Ese radicalismo se expresa a través de experiencias religiosas muy dispersas que rayan en el registro emocional del deporte y la aventura: la acción, el cambio, el desafío son las palabras clave de ese cristianismo que invita a cada quien a "salir de su zona de confort". Ya que la iglesia no es un lugar como otros, uno de esos desafíos consiste en transformar a la sociedad, en una lógica de "combate espiritual" que rechaza toda distinción entre lo divino y lo profano: cada individuo está "en un reino o en otro", cada dominio de la vida social, cada territorio pertenece o a Dios o a Satán.
En el deporte, los medios, la educación o la política, las redes misoneras llevan a cabo esta ofensiva, a nombre de una identidad presentada como "cristiana", apelación genérica apropiada para seducir en un país habituado a considerar al cristianismo como un elemento de la "religión civil" estadounidense. Pero los valores que defienden son los de un cristianismo sin concesiones, que dramatiza la brecha entre el que cree (y que será "salvado") y el que no cree.
También en el terreno político, las posiciones inspiradas por esta convicción religiosa resultan conservadoras, al grado de contrarrestar la autonomía individual al tratar de imponer los valores de la Biblia a la sociedad en su conjunto, pues se trata de "salvar" a la nación tanto como a los individuos. El credo carismático alcanza en esto su punto de contradicción: cada quien es libre y responsable de sus decisiones, pero no hay más que un solo camino ... Una ambig¼edad fundamental de la que se ha hecho un objeto político mal identificado, inestable y problemático.
jueves, 11 de septiembre de 2008
miércoles, 10 de septiembre de 2008
¿El mundo se acabará en miércoles?
Gigante, así es un acelerador de partículas que está a punto de ponerse en marcha en Suiza y un pequeño grupo de personas cree que eso podría suponer el fin del mundo. ¿Por qué estamos tan obsesionados con la posibilidad de un Apocalipsis?
El fin del mundo llegará algún día, eso es una certeza. Pero no ocurrirá pronto y es muy probable que no sea con un repentino y estrepitoso cataclismo este miércoles.
La mayoría de físicos considera que el proyecto es totalmente inofensivo.
Pero cuando uno ve un titular en el periódico que dice "¿Vamos a morir el próximo miércoles?", no puede dejar de preguntarse sobre esa fascinación con la idea del fin del mundo.
Se trata de uno de los conceptos más poderosos y antiguos de la humanidad, llámese escatología (teoría religiosa del fin del mundo), milenarismo, el fin de los días, el Apocalipsis o el desastre final.
"Es un patrón muy antiguo del pensamiento humano, incluso anterior a la Biblia y presente en la mitología de Oriente Medio, el caos final, la última batalla entre las fuerzas del orden y el caos", explica el historiador cultural Paul S. Boyer, autor de "Cuando el tiempo ya no exista: Creencias proféticas en la cultura moderna americana".
"Es un concepto profundamente arraigado desde el punto de vista psicológico ya que la idea de una existencia sin sentido es muy amenazadora", dice.
"Las sociedades humanas siempre han tratado de crear una especie de marco conceptual para dar significado a la historia y a nuestras propias vidas personales", añade.
Aunque la idea del fin del mundo figura en muchas religiones, las occidentales están más ligadas a la escatología cristiana.
En los primeros días de la Iglesia se daba por sentado que el Segundo Avenimiento y el fin del mundo eran inminentes.
La corriente principal del cristianismo se alejó de este tipo de ideas, pero grandes grupos de creyentes las adoptaron nuevamente en varias ocasiones.
"No es sólo un grupo marginal de lunáticos, es una parte integrante de toda la cristiandad. Pero en la rama más general de la cristiandad esto se pone en perspectiva como algo que podría ocurrir algún día", dice Stephen J. Hunt, sociólogo religioso y autor de "El Milenarismo cristiano: Desde la iglesia temprana hasta Waco".
El fin del mundo llegará algún día, eso es una certeza. Pero no ocurrirá pronto y es muy probable que no sea con un repentino y estrepitoso cataclismo este miércoles.
La mayoría de físicos considera que el proyecto es totalmente inofensivo.
Pero cuando uno ve un titular en el periódico que dice "¿Vamos a morir el próximo miércoles?", no puede dejar de preguntarse sobre esa fascinación con la idea del fin del mundo.
Se trata de uno de los conceptos más poderosos y antiguos de la humanidad, llámese escatología (teoría religiosa del fin del mundo), milenarismo, el fin de los días, el Apocalipsis o el desastre final.
"Es un patrón muy antiguo del pensamiento humano, incluso anterior a la Biblia y presente en la mitología de Oriente Medio, el caos final, la última batalla entre las fuerzas del orden y el caos", explica el historiador cultural Paul S. Boyer, autor de "Cuando el tiempo ya no exista: Creencias proféticas en la cultura moderna americana".
"Es un concepto profundamente arraigado desde el punto de vista psicológico ya que la idea de una existencia sin sentido es muy amenazadora", dice.
"Las sociedades humanas siempre han tratado de crear una especie de marco conceptual para dar significado a la historia y a nuestras propias vidas personales", añade.
Aunque la idea del fin del mundo figura en muchas religiones, las occidentales están más ligadas a la escatología cristiana.
En los primeros días de la Iglesia se daba por sentado que el Segundo Avenimiento y el fin del mundo eran inminentes.
La corriente principal del cristianismo se alejó de este tipo de ideas, pero grandes grupos de creyentes las adoptaron nuevamente en varias ocasiones.
"No es sólo un grupo marginal de lunáticos, es una parte integrante de toda la cristiandad. Pero en la rama más general de la cristiandad esto se pone en perspectiva como algo que podría ocurrir algún día", dice Stephen J. Hunt, sociólogo religioso y autor de "El Milenarismo cristiano: Desde la iglesia temprana hasta Waco".
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